Ay los antojos…

Antojo de La Habana, de ropa vieja, de sentarnos en el callejón Espada y ver la gente pasar. Antojo del mojito del restaurante Antojos , de sus sabores, de sus postres, de la amabilidad de su camarero.

Antojo de La Habana, de volver a hablar con Ysel, o de que hable solo ella. Que nos llame bellos, nos recomiende y nos cuide .

Despertarnos en la Calle Compostela, asomarnos al balcón y ver el paso de la gente pipas en mano. ¿Qué haría Ysel con las cáscaras que guardó?

Antojo de bucanero, de sol, de son.

Antojo de puestas de sol impresionantes en el malecón, en la playa, en cualquier rincón.

El sol mentiendose entre los edificios de Centro Habana y yo viéndolo desde una ventana de un piso octavo, sintiéndome privilegiada por ello .

Antojo de ver a Migui de nuevo con maracas, a los demás incrédulos, a la felicidad invandiédonos a la orilla del mar .

Antojo de la mecedora de Mayra, de las anécdotas de Yosvany y de un chapuzón helado en El Nido.

Antojo de daiquiri con música de fondo, antojo de hacer una turistada y luego reírnos de ello .

Antojo, ganas, necesidad de pasear, del calor en nuestra cara y la lluvia cayendo a la vez. De un zumo de mango bien fresco, de una tosta de aguacate, de alguien hablándonos de su vida y haciéndonos aprender un poco cada día.

Antojo de comer en Doña Nora, en su terraza y ver El Prado. Antojo del pequeño malecón de Cienfuegos, de la calma de la playa… del ruido de la playa porque alguien ha bebido ron de más.

Antojo de aquella miel casera al borde de la carretera. La fruta chorreando en nuestras manos, el remedio casero para los mareos y el plátano frito reconstituyente.

Antojo de volver a la Zorra y el Cuervo, del jazz fusión, de ir a ver lo que nos quedó pendiente, que es todo … porque La Habana no hace más que cambiar

Ay esos antojos al otro lado del océano.

Antojo de Cuba, antojo de viajar.