La vieja Habana, la Habana Vieja.

Como un cuadro, estático, la Habana se quedó hace décadas atrás. Pero por sus edificios y calles sí siguió pasando el tiempo, creando arrugas y fisuras en algo que se podría comparar con  una preciosa mulata que se hace mayor.

Los colores se han apagado, las grietas se han hecho más grandes, los edificios algunos ya son inhabitables y se quedan solos sin poder contar historias de quien vivió en ellos.

Se paró, algunos dirán que en la Revolución. Como muchas otras revoluciones podía parecer una gran idea pero al final dejó secuelas sin solución. Depende a quien preguntes,  te hablarán orgullosos, otros cansados y otros en contra pero siempre con locuacidad.
Las paredes todavía hablan de Fidel, de Ernesto y de Camilo. Mucha gente ya no tanto.

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El tiempo se paró en la Habana, pero a la vez siguió imparable estropeando lo que antes fue bello. El país se quedó bloqueado. Los coches se operan a corazón abierto en la calle para intentar darles una segunda (o quinta) vida.

La ciudad es nostálgica, algunas zonas sólo un recuerdo de lo que fueron. De una gran urbe que no ha podido avanzar, o quizás que no le han dejado. Algunos todavía la recuerdan en todo su esplendor , otros sólo la conocen como es ahora.

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En el malecón encontrarás parte de su corazón , que todavía bombea para mostrarte lo que fue. El Castillo del Moro la protege y en la Plaza de Armas está una porción de su pensamiento en forma de un gran mercado de libros. En Copelia queda algo de su sabor en sus helados, si eres extranjero más que si eres cubano.

En la Floridita saborearás un daiquiri con Hemingway que allí se quedo parado, mientras observa a los turistas entrar beber y salir sin ver. Sin pararse a hablar y preguntar. La Habana hay que vivirla con todos los sentidos para disfrutarla o, al menos, para intentar conocerla algo mejor a los ojos de quienes la viven día a día.

Aún así por sus venas, por sus calles,  sigue corriendo algo juventud y optimismo. Sigue sonando la salsa y el son, se sigue cantando en un intento quizás de camuflar lo que va mal.
La Habana me recordó a Compay, alguien lo tarareaba en una esquina,  y me acordé de mi abuela cantando “para Vigo me voy” cuando echaba de menos su casa.

Sobretodo la Habana te cogerá y no te soltará, puedes odiarla o amarla pero no te dejará indiferente. A mí me dejó con ganas de ver más de ella y de Cuba.

Si vas a volver avísame, que contigo me voy.

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